“ECONOMÍA SOLIDARIA Y BUEN VIVIR: NUEVAS APUESTAS PARA EL TRABAJO COMUNITARIO”

Cuando observamos nuestras ciudades y vemos los noticieros, podemos constatar que ocurren cosas, que si bien muchas veces pasamos por alto, no dejan de inquietarnos. Un modelo de desarrollo que beneficia a unos pocos a costa de muchos, trabajadores y pensionados descontentos, comunidades vulneradas y un planeta que se deteriora a pasos agigantados. Las crisis económicas, financieras, climáticas, alimentarias y demográficas, son el reflejo de un sistema que ha dejado de lado a las personas, a las comunidades y a la naturaleza.

Nuestro actual modelo económico

Los seres humanos nos hemos vinculado históricamente a través de la economía, que se puede definir como el intercambio entre el ser humano y la naturaleza. Pero a pesar de que las relaciones económicas se han desarrollado históricamente sobre vínculos humanos y comunitarios, hemos transitado hacia una separación entre el ejercicio económico y las relaciones entre las personas.

En el Siglo XVIII, Adam Smith, fundador de las bases del capitalismo moderno, planteó que “el Egoísmo es inherente al Ser Humano”. Según esta expresión, la vida social y económica responden al egoísmo y el bien común se logra por una “mano invisible” que regula la mantención de la especie. Dos siglos después, estas definiciones persisten en materia económica y en función de ello se promueven políticas para reducir la influencia del Estado en los mercados, propiciando la privatización de los bienes comunes y generando efectos directos en la vida cotidiana de la ciudadanía, como el encarecimiento de ciertos productos producido por las colusiones, el alto costo de los servicios básicos, los peajes en carreteras concesionadas, las bajas pensiones, las alzas unilaterales de los planes de salud, la necesidad de endeudarse para acceder a la educación superior, entre otros.

El pensamiento neoliberal que defiende la libre competencia, la acumulación capitalista y el sueño de vivir mejor, se ha instalado no sólo en las operaciones mercantiles, sino también en la  subjetividad de las personas.  Nos acostumbramos (o naturalizamos) la privatización de lo público y la mercantilización de los derechos y nos hemos transformado en reproductores del sistema de consumo. Nuestra noción de justicia está mediada por la capacidad adquisitiva y la movilidad de clase, más que por la igualdad social. En nuestras ciudades, escuelas, en la salud, la educación o la previsión social, se agudizan la segregación socioeconómica y la desigualdad de ingresos. Según datos de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) en Chile el 10% más rico concentra el 37,1% de los ingresos del país, mientras los más pobres apenas capturan el 1,8%. Por su parte, la cultura de consumo, con ayuda de los medios de comunicación, nos van convenciendo de que el éxito únicamente se alcanza comprando cosas y compitiendo para lograr ser mejores que otros. De esta forma, el neoliberalismo como expresión del capitalismo, se ha legalizado e institucionalizado en casi todo el mundo, dando la impresión de que es imposible su deconstrucción, pues se ha instalado en el ADN de la sociedad, tiñendo las relaciones humanas y generando conductas que van reproduciéndolo bajo las lógicas del egoísmo humano.

Sin embargo, existen movimientos que abogan por economías alternativas y que sostienen que podemos alejarnos de la concepción egoísta de la naturaleza humana y relevar la esencia solidaria de las personas. Marcelo Gutiérrez Lecaros, Psicólogo social y Presidente de ONG Surmaule, lo plantea de la siguiente forma: “Si bien, todos llevamos un neoliberal instalado a fuerza de propaganda y miedo que nos incita al afán de acumulación y la competencia, también llevamos un ser colectivo y solidario que contiene una impronta comunitaria ancestral, mucho más potente, que se despierta a veces para recordarnos que la regulación de nuestras vidas no puede depender únicamente de la “mano invisible” del mercado”.

El Buen Vivir como nuevo paradigma

Dentro de los movimientos alternativos al capitalismo global, se pueden mencionar el decrecentismo o decrecionismo que se desarrollan desde Europa, y que plantean el desafío de vivir bien disminuyendo la sobreproducción económica y la sobreexplotación de la naturaleza.

En América Latina resurge el pensamiento ancestral del Buen Vivir, antiguo paradigma que propone una vida en equilibrio, con relaciones armoniosas entre personas, comunidad, sociedad y la madre tierra.  Los pueblos latinoamericanos originarios del Abya Yala (América) usan el concepto del Buen Vivir para identificar un modelo de vida más justo y ecológico.  El buen vivir no puede concebirse sin la comunidad, reivindica el equilibrio, apostando por un desarrollo a pequeña escala, sostenible y sustentable. En palabras de Marcelo Gutiérrez Lecaros, Presidente ONG Surmaule, La apuesta por una transformación del modelo económico requiere actuar en múltiples contextos y distintas esferas de la vida; la economía, el medioambiente, la organización socio política y la consciencia del ser. Se requiere llevar el buen vivir a las ciudades, con asambleas de barrio, colectivos culturales e interculturales, educación integral, medicina holística, huertos urbanos, empresas cooperativas, ferias de economía solidaria e incidencia política de los excluidos, entre otras expresiones.

 Las economías solidarias a escala local

La economía solidaria, propone que la solidaridad debe estar presente en todas las etapas del proceso económico (producción, circulación, consumo y acumulación), transformando desde adentro y de forma estructural la economía para generar nuevos vínculos y equilibrios verdaderos. Es así como ciertas prácticas económicas ancestrales y cotidianas como la comensalidad, la reciprocidad, la cooperación y la donación, se centran más en las relaciones humanas y no tanto en el dinero, como lo hace la economía dominante.

Respecto a la economía social y solidaria en el contexto chileno, Eduardo Letelier Araya, académico de la Universidad Católica del Maule, actual consejero de CONFECOOP y ex coordinador de ECOSOL Chile, comenta lo siguiente: “Respecto de la economía solidaria, Chile presenta como desafío la conformación de un amplio movimiento social que visibilice, articule y promueva el desarrollo de emprendimientos orientados por visiones alternativas del desarrollo, donde el buen vivir o mejor dicho, el buen convivir -entre seres humanos y entre humanidad y naturaleza- esté en el centro. Este es un desafío que sin duda aborda la esfera económica, donde hoy observamos el surgimiento de iniciativas agroecológicas, turismo comunitario, comercio justo, finanzas éticas, ferias del buen vivir y consumo solidario, entre otras. Sin embargo, la idea de un movimiento social implica adicionalmente y centralmente, el abordaje de las dimensiones culturales y políticas, solamente a partir de las cuales se pueden conjurar dos tipos de riesgos ya observables en todo el mundo. El primero es la cooptación de estos contenidos por parte de las empresas de capital, que no sólo ya están integrando y vaciando de contenido, a la vez, nociones como las de “solidaridad” o “ecología”, sino que para esto cuentan con sus propios dispositivos de legitimación cultural e incidencia pública. El segundo riesgo viene de la apropiación y resignificación de estos contenidos por parte de los partidos políticos y la burocracia gubernamental, en una clave similar a la de empresas de capital que buscan agregar valor a sus marcas ante el acelerado desfondamiento ético y deslegitimación que viven. A lo cual se suma la posibilidad de transformar a los emprendimientos sociales y solidarios como un potencial nuevo nicho electoral a clientelizar.  De hecho, así han terminado gran parte de las políticas de fomento de la microempresa que se impulsaron en los años noventa“.

Entender cómo funcionan las economías de barrio y como estas contribuyen a la integración social, son algunas de las preguntas que busca responder un estudio que realiza actualmente la ONG Surmaule en cuatro barrios residenciales de la Región del Maule. Esta investigación busca demostrar que las actividades económicas de los barrios podrían  producir externalidades positivas que favorecen social y económicamente a las comunidades; por ejemplo, los almacenes, ferias  y talleres son puntos de control del espacio público, nodos de información y de vínculo social que promueven el ahorro en desplazamientos y en tiempo, mientras que también  pueden  reducir los costos de transacción al desenvolverse en un entorno de confianza.

 De acuerdo a su participación en el Estudio de Economías de barrios residenciales de la Región del Maule, Susan Luna Muñoz, Socióloga y Coordinadora Ejecutiva de ONG Surmaule, comenta: Los barrios residenciales contienen una gran cantidad de actividades económicas que ayudan a definir la identidad y la vida comunitaria. Este comercio, compuesto  principalmente por iniciativas económicas familiares, muchas veces cumple una función social más importante que comprar o vender bienes y servicios, pues además contribuyen  con algo  tan importante como proveer un punto de encuentro comunitario que  podría favorecer la cohesión social.

 

La Feria como herramienta para el empoderamiento comunitario

Las Ferias Comunitarias, implementadas por Surmaule con distintas comunidades de la región, representan una importante experiencia que ha permitido relacionar la economía social y solidaria con el fortalecimiento barrial. Esta acción, incorporada en los programas de trabajo comunitario  se ha levantado  como un dispositivo que moviliza, articula, sensibiliza y educa.

La Feria se presenta como un espacio de encuentro, accesible a todo público, que facilita el contacto intergeneracional e intercultural. El impacto que genera la realización de estas actividades, permite también que las vecinas y vecinos de un barrio reconozcan las potencialidades de sus espacios públicos pensando en formas creativas para su uso.  Más que un espacio de comercio, es una oportunidad donde se puede conversar, trocar, cultivar el arte y recuperar los saberes y productos ancestrales.

La Feria del Buen Vivir

La Feria del Buen Vivir es una actividad sociocultural itinerante que busca relevar la Economía Solidaria, el cuidado del medioambiente, la convivencia comunitaria y el desarrollo humano desde una perspectiva holística y consciente. Podremos encontrar artesanos, artistas, pequeños productores, agricultores urbanos, recicladores, terapeutas integrales, diseñadores y distintas organizaciones y colectivos que buscan promover el desarrollo personal, la economía social y solidaria, la protección del medio ambiente y el encuentro comunitario. A esto se suman actividades familiares con artistas locales, talleres y conversatorios.

La Feria del Buen Vivir se gestiona desde la Red de Economía Social y Solidaria de Talca y la Red del Buen Vivir, espacios que reúnen a distintos colectivos, organizaciones y personas que comparten y desean promover este modelo de desarrollo más humano, sustentable y cooperativo.

Se busca que existan relaciones horizontales entre todos quienes hacen posible las Ferias,  que todos se sientan parte de un trabajo cooperativo, en el que todos invierten y todos reditan, sin benefactores y beneficiarios. Se aprende a trabajar en equipo, en cooperación. Así lo evidencia María Graciela Daza Castro, Feriante de la Red del Buen Vivir: Mi experiencia en ferias del Buen Vivir ha sido muy positiva, sobre todo desde el punto de vista humano. El encontrarse con otras personas que hablan tu mismo lenguaje, crear redes de apoyo y compartir experiencias no tiene precio, se produce una interacción enriquecedora, estimulante y fortalecedora.

Aproximaciones a una intervención social comunitaria que promueve el Buen Vivir

Transformar el enfoque del Buen Vivir en un modelo de intervención es un gran desafío. No obstante, es necesario arriesgar y construir didácticas y traducciones desde este y otros paradigmas hacia los programas de intervención que son posibles de desarrollar, tanto desde la autogestión como desde las políticas públicas.

Desde esta perspectiva, ONG Surmaule está implementando un programa de trabajo comunitario basado en el enfoque del Buen Vivir que se propone desde el desarrollo del Programa Quiero Mi Barrio del Ministerio de Vivienda y Urbanismo en el Barrio Independencia, barrio emblemático de la ciudad de Talca.  En esta intervención se busca generar un equilibrio armónico entre el ser humano, su comunidad y el lugar que habita. Para esto se trabajan cuatro dimensiones: 1. La Comunidad, a través de la conformación y apoyo a la gestión de una Mesa Territorial y acciones para la recuperación de historia barrial; 2. La Economía local, a través de la implementación de Ferias comunitarias de economía solidaria; 3. La Ecología, a través de un programa de sustentabilidad urbana; y 4. El desarrollo del Ser, a través de una Escuela de artes y oficios.

Catherina Olivares Arias, Socióloga de ONG Surmaule y Coordinadora Social del programa Quiero Mi Barrio Independencia, señala: “Los Barrios más antiguos de la ciudad aún mantienen dinámicas de convivencia y espacios públicos propicios para desarrollarse a escala humana. Creemos necesario que el trabajo de fortalecimiento comunitario aborde múltiples dimensiones de la vida del barrio, desde la espiritualidad hasta las relaciones económicas, para así frenar el influjo del modelo económico imperante, que promueve formas de vida más individualistas y competitivas. Nuestro desafío es que la perspectiva que nos plantea el Buen Vivir deje de ser lo alternativo para convertirse en la matriz de la vida comunitaria”.

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