El buen vivir

Marcelo Gutiérrez Lecaros – Diario El Centro, 18/06/2015

Cuando vemos las noticias, observamos nuestras ciudades, o incluso nos hacemos conscientes de nuestras propias incomodidades, parecen haber evidencias suficientes para decir que al actual modelo de desarrollo beneficia sólo a unos pocos a costa de trabajadores y jubilados descontentos, comunidades vulneradas y un planeta que se deteriora a pasos agigantados. Las crisis económicas, financieras, climáticas, alimentarias y demográficas son el reflejo de un sistema que ha dejado de lado a los seres, a las comunidades y a la naturaleza.

Mientras en la academia teorizan y discuten si estamos en fases post neoliberales, post desarrollistas o neo keynesianas y los políticos progresistas tratan de maquillar el modelo poniéndole “rostro humano”, desde hace varios años vienen gestándose nuevos movimientos alternativos al capitalismo global que buscan cambiar la dirección y la manera en que se ha entendido el desarrollo hasta ahora.

Mientras desde el “primer mundo” aparece el decrecentismo o decrecionismo, que plantea el desafío de vivir bien disminuyendo la sobreproducción económica, la sobreexplotación y nuestras necesidades, en América Latina surge el pensamiento ancestral del Buen Vivir.

Se trata de un viejo-nuevo paradigma que propone una vida en equilibrio, con relaciones armoniosas entre las personas, la comunidad, la sociedad y la madre tierra a la que pertenecemos. El Buen Vivir emerge como una alternativa, basada en una filosofía que propone el retorno al orden natural de la vida, con la recuperación de las formas de organización comunitaria local, el uso de tecnologías respetuosas de la naturaleza y sistemas de participación directa.

Los pueblos originarios del Abya Yala -como el pueblo Kuna de Panamá llamaba a América antes de la colonización- usan el concepto del buen vivir como un modelo de vida o de desarrollo más justo y más ecológico.  El vivir mejor de la lógica neoliberal supone que muchos tienen que “vivir mal” para que unos pocos “vivan mejor”. El buen vivir es, en cambio, muchísimo más equitativo. En vez de propugnar el crecimiento continuo, busca lograr un sistema que esté en equilibrio. En lugar de atenerse casi exclusivamente a datos referentes al Producto Interno Bruto u otros indicadores económicos, el buen vivir busca la dignidad y la felicidad de los seres humanos en el marco de una sociedad justa, democrática y respetuosa de la naturaleza.

El buen vivir no puede concebirse sin la comunidad. Justamente, el buen vivir irrumpe para contradecir la lógica capitalista, su individualismo inherente, la monetarización de la vida en todas sus esferas y la deshumanización. Aunque para algunos el escenario de puesta en práctica ideal sea el campo, dónde la articulación política del buen vivir en modestas pero felices comunidades soberanas y autosuficientes resulta más sencillo, la apuesta por una transformación del modelo requiere actuar en múltiples contextos y distintas esferas de la vida; la economía, el medioambiente, la organización socio política y la consciencia del ser.

Se requiere llevar el buen vivir a las ciudades, con asambleas de barrio, colectivos culturales e interculturales, educación integral, medicina holística, huertos urbanos, empresas cooperativas, ferias de economía solidaria e incidencia política de los excluidos, entre otras expresiones.

El buen vivir reivindica el equilibrio con la Madre Tierra y los saberes ancestrales de los pueblos originarios. Nacido del conocimiento de la profunda conexión e interdependencia que tenemos con la naturaleza, el buen vivir apuesta por un desarrollo a pequeña escala, sostenible y sustentable.

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