El drama de las legumbres en Chile. Reflexiones para salir de la dependencia en clave regional.

El contexto de crisis provocado por el Covid 19 desnudó por completo un complejo drama en torno a la soberanía alimentaria en general y en particular sobre la situación de las legumbres en Chile. Efectivamente, las  nuevas dinámicas de consumo asociadas al confinamiento y una eclosión de la demanda por este alimento puso en evidencia la escasez de alternativas de proteínas vegetales de importancia nutricional y cultural en nuestro país, debido entre varias cosas a las políticas económicas del sector agroalimentario que se fueron instalando y consolidando a partir de los años 80.

En 40 años, la superficie sembrada de legumbres cayó de 202 mil hectáreas (1979 – 1980) a poco más de 22 mil en la temporada 2019 – 2020 (1). Esto en plena consonancia con la apertura de las legumbres al comercio exterior lo que implicó a los pequeños y medianos productores competir con países como Canadá, Estado Unidos y Argentina donde la producción de legumbres es altamente extensiva y mecanizada, determinando con ello una banda de precios que desincentivó la producción nacional. Hoy, más del 75% de la legumbre que se consume en Chile es importada de estos y otros países sin perspectivas concretas de recuperación de la producción interna. En los últimos 10 años el consumo de legumbres disminuyó en un 2,3% (2), vale decir, el factor precio de la legumbre importada no ha sido un elemento procurador del mismo, lo que nos enfrenta al deterioro de un mercado alimentario que hoy es reemplazado por otros mercados como el de la carne industrial, el cual es más caro respecto del presupuesto familiar promedio y tiene también mayores consecuencias socio ecológicas.

Durante la última temporada, la región del Maule fue la responsable de sostener un tercio del cultivo nacional de porotos, lentejas y garbanzos (8.550 ha) (3) con un fuerte predominio del primero respecto de las otras dos especies de legumbres. El cultivo del poroto es más transversal a los paisajes regionales, no obstante buena parte de la producción de la lenteja y el garbanzo se ha encontrado históricamente confinada al secano costero de la región donde comunas como Curepto, Licantén y la zona norte de la comuna de Constitución tuvieron y siguen teniendo un importante rol (4). Cabría agregar que además de la tragedia que supuso la apertura al comercio exterior de las legumbres, otros elementos de la geopolítica del extractivismo instalados al unísono de la neoliberalización de la economía, como la privatización de la industria forestal y la subsidiaridad de las plantaciones de pinos y eucaliptus, promovió en estos territorios la sustitución del suelo agrícola y por tanto de prácticas de alto valor agro – cultural, sin mencionar los múltiples efectos del monocultivo forestal en la disponibilidad del aguas para consumo y riego, la aplicación intensiva de agrotóxicos, la aniquilación del bosque nativo y la siniestralidad por incendios.

En definitiva, la situación actual de las legumbres responde una historia y a una política económica en particular más que una situación de crisis de opera como desencadenante. En este sentido ¿cuáles podrían ser las salidas y las alternativas para restaurar la soberanía regional territorial respecto a la producción y consumo de las legumbres?

Tentativamente, la política agrícola debe enfrentarse a la pregunta por los riesgos de sujetar la seguridad de alimentos de alta relevancia como las legumbres a una economía mundial, la que aun teniendo un tamaño importante, es frágil y dependiente de una estabilidad global que hoy por hoy es difícil de alcanzar ante los impactos de la pandemia y más aun de cara a la crisis civilizatoria que vivimos. En este sentido pensar la soberanía alimentaria conlleva incorporar reflexiones profundas sobre los modelos productivos convencionales que se utilizan y que representan altos costos para el campesinado. También, la masificación de las soluciones tecnológicas que exacerban la competencia y terminan siendo un factor de desigualdad y exclusión como lo fue la apertura dogmática del sector de las leguminosas al comercio exterior. Aquí, la revisión e implementación de modelos agroecológicos y/o de agricultura regenerativa cobran vital importancia porque se procura de sistemas virtuosos que además de ser altamente productivos en el tiempo, contribuyen a abordar problemas sociales y ecológicos complejos. En ese mismo espíritu, un aspecto importante es el abordaje asociativo y colaborativo de la pequeña producción de legumbres como posibilidad de compartir riesgos y costos productivos desde la solidaridad y el mutualismo campesino.

A escala regional, estos temas tienen que decantar a partir de una mirada estratégica de los territorios del secano costero que albergan condiciones para recuperar la producción de leguminosas, pero que a su vez se encuentran profundamente degradados debido a la presión forestal sobre la biodiversidad y los bienes comunes, la pérdida de la semilla tradicional y la fuga permanente de las capacidades y las fuerzas de trabajo a través de la migración campo – ciudad. En esta línea parece interesante explorar a escala local el vínculo entre soberanía alimentaria, restauración ecológica y fomento productivo como núcleo integrador diferenciador de la actividad económica en estos territorios y que permita poner en valor a las legumbres y las prácticas que se encuentran detrás de ellas.

No está demás hacer alusión a la necesidad de actualizar los instrumentos regionales de ordenamiento territorial y los criterios de zonificación que han dado rienda suelta a la expansión forestal. Es imperativo revisar y reponer las condiciones ecológicas de las microcuencas costeras para poder revitalizar una agricultura familiar sana, productiva y sustentable que re considere con vigor el cultivo de leguminosas en el secano.

Finalmente, tomar en cuenta que en sus territorios las legumbres representan un acervo cultural importante. Reponer el interés por su producción y consumo invita también a explorar los potenciales gastronómicos que vienen de la cocina ancestral del campo, así como las posibles reinterpretaciones que se hace de ellas en la demanda alimentaria de la ciudad.

Nos enfrentamos como región a una importante tarea que tiene alcance sobre la soberanía alimentaria del país. El desafío será enfrentarlo con lucidez, decisión y por sobre todo desde un sustrato democrático contundente donde las comunidades rurales, las organizaciones campesinas y el tercer sector en general se disponen simétricamente en un diálogo con las autoridades, decisores y técnicos en la materia a fin de recrear soluciones desde todos los saberes.

Agosto 2020

 

Referencias: