Frente Amplio: desafío político y cultural

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Francisco Letelier y Víctor Fernández – El Mostrador, 30/10/2016

En los últimos 25 años la sociedad chilena ha ganado y ha perdido. Entre las ganancias están un mayor bienestar material, más libertades individuales, estabilidad política y acceso a un cierto mínimo de condiciones sociales para la vida: en educación, salud, vivienda, entre otros ámbitos, aunque estos no sean de calidad. Todo lo anterior se traduce en buenos indicadores de disminución de pobreza, aumento en el ingreso per cápita y mejora en índices de desarrollo humano.

Pero también hemos perdido y mucho. Resumiremos esta pérdida en dos grandes ámbitos. Primero la desigualdad. Somos un país profundamente desigual, no solo en la distribución del ingreso, sino en el reparto de todos los bienes que importan en una sociedad: el poder, la calidad de vida, la información, la educación, la salud, la justicia, la participación, la posibilidad de emprender, el acceso a los recursos naturales. La desigualdad es un problema ético y político grave, porque restringe las posibilidades de que cada ser humano se realice y contribuya al bienestar colectivo.

De la primera pérdida, la desigualdad, nos hemos hecho más conscientes, sobre todo cuando se nos aparece en el rostro del abuso. De la segunda pérdida, en cambio, somos menos conscientes. El problema de esta pérdida (la de la disolución de lo colectivo) es que dificulta al mismo tiempo nuestra capacidad de verla y asumirla. Una forma en que esta se expresa es el hecho de que la demanda por igualdad muchas veces no está vinculada a un proyecto distinto de sociedad, sino que se agota en la mejora de las condiciones para desarrollar los proyectos personales. Así, cuando marchamos por mayor igualdad y por detener los abusos, muchas veces lo hacemos con la idea de que estos cambios son importantes en la medida en que terminen siendo beneficiosos para cada uno, y no necesariamente para la sociedad en su conjunto.Nuestro segundo problema es la sistemática pérdida de control sobre el proceso de producción de la vida social, o dicho de otro modo, de la capacidad (y del interés) de orientar socialmente el futuro.

En el corazón de esta pérdida está la desvalorización de lo colectivo y lo público, expresada recientemente en el alto nivel de abstención en las elecciones municipales. Sí, porque no puede explicarse la abstención solo como castigo a la clase política, en gran medida es también fruto de la terrible levedad de lo común; de un tiempo donde la vida social se reduce al pequeño universo de los asuntos de cada cual, donde se trata de luchar por asegurarse el bienestar propio como primera, segunda y tercera prioridad. Donde el menosprecio y el descuido del bienestar colectivo se han transformado en el sentido común.

Pese a lo anterior, bajo el grueso manto de individualismo y de la reducción de lo humano al interés personal, sigue latiendo el corazón de lo social. Porque existe una cotidianeidad y una memoria colectiva que mantienen viva las solidaridades sociales y que 25 años de políticas públicas, mercados y clientelismo de diferente signo no han logrado destruir del todo. Como no ha podido ser extraída de raíz, la hierba de lo colectivo vuelve a brotar incluso en los tiempos más inhóspitos, produciendo, por ejemplo, que en Valparaíso triunfe la opción de Jorge Sharp. Pero, cuidado, el desafío es tanto cultural como político. No se trata de ganar una elección, sino, y al mismo tiempo, de transformar las aspiraciones y los malestares personales en un proyecto de sociedad que dispute culturalmente el espacio que hoy tiene ganado el neoliberalismo. Este es el desafío más importante para las fuerzas sociales y políticas que quieren forjar un nuevo proyecto de sociedad.