INCENDIOS FORESTALES, HACIA UNA RESTAURACIÓN DEMOCRÁTICA DE LOS TERRITORIOS

surmaule Alejandro Salas, Columnas de opinión Leave a Comment

Por Alejandro Salas. ONG Surmaule

 A poco más de tres meses de los incendios forestales que afectaron a la zona centro sur del país y con bastante menos vigor mediático que el presenciado por aquellos días, las preguntas sobre los efectos en distintos niveles del desastre socioambiental permanecen y se agudizan con fuerza en las comunidades y localidades damnificadas. En el caso de la región del Maule, las más de 280.000 hectáreas quemadas y cerca de mil viviendas destruidas dañaron profundamente a las comunidades, por la pérdida casi total de sus medios de subsistencia en los entornos rurales y semirurales. Aquí no sólo cuenta el equipamiento y la infraestructura productiva, sino que todo el complejo ecosistémico que permitía una serie de relaciones en las que se sustentaba nada menos que la vida de un territorio.

Esta tremenda constatación ha puesto en tensión el papel que está cumpliendo la industria forestal en el desarrollo de los territorios del secano maulino, donde la seguridad de los bienes comunes y privados,  la diversidad de prácticas productivas, la mantención del carácter cultural de sus asentamientos y en definitiva, la equidad de los territorios, están puestos en tela de juicio ante la abismante predominancia del monocultivo forestal de especies exóticas en las comunas incendiadas. Contexto que hace abrir el debate sobre las vulnerabilidades y dependencias que las plantaciones de pino y eucaliptus producen en las comunidades, permitiéndonos afirmar que al menos su existencia no es tan inocua como el gremio del ramo y algunos académicos ya deslizan de cara a los cuestionamientos. Por su parte, en la esfera de los especialistas y de las políticas públicas pareciera haber cierto ensordecimiento ante los desafíos de una reconstitución que se haga cargo de la multidimensionalidad del problema, y presenciamos con preocupación la ausencia de reflexión, discusión y acción en donde el campesinado y toda la ciudadanía protagonicen acuerdos básicos sobre el presente y futuro de sus entornos biológicos y culturales.

La propiedad privada de la tierra y el negocio extractivista causan estragos a la hora de pensar y actuar sobre la democratización de los territorios. Cuestiones como la relación ancestral de las comunidades con el hábitat que los acoge, las trayectorias de vida marcadas por la migración a la ciudad y la fuga del saber popular, la pérdida de bosque nativo, la escasez hídrica y el deterioro del suelo, parecen brasas calientes que en ningún espacio verdaderamente resolutivo se quieren tomar.

Este bache tan propio de la democracia vertical y centralista de nuestro país termina invisibilizando a la comunidad como actor clave en los procesos de restauración social y ecológica. Después de la experiencia vivida, esperaríamos que dichos procesos no se sostuvieran en la reinstalación ciega del monocultivo forestal, sino en los saberes locales de las comunidades y sus prácticas culturales y productivas previas a la instalación de las forestales. La voz de las comunidades resulta imprescindible a la hora de planificar una restauración ecosistémica que esté en sintonía con  la conservación del patrimonio natural y el uso sostenible de bienes que, más allá de la propiedad privada, son ecológicamente comunes.

Para lo anterior, se deben proveer mecanismos democráticos que aseguren la participación de las comunidades en el proceso. Por un lado, la disposición de instancias donde el territorio pueda ser planificado horizontal e inclusivamente entre todos los actores, con la memoria y los sueños de sus habitantes como base fundamental. Y por otro, la articulación de acciones políticas, socioeducativas y productivas que fortalezcan la gobernanza local. Sin duda, la restauración democrática de los territorios releva el protagonismo de las comunidades en la búsqueda del bienestar de las generaciones presentes y futuras.