La dolorosa conciencia de la desigualdad

Elvira Valdivieso Elissetche – Diario El Centro, 05/05/2013

Hacerse consciente de la desigualdad conlleva un proceso muchas veces doloroso de darse cuenta del lugar que, como individuo o como colectivo, ocupamos en la sociedad.  Esta desigualdad no solamente se refiere a las diferencias socioeconómicas entre clases sociales o grupos; existen otras desigualdades que vivimos cotidianamente, pero que son menos perceptibles porque las hemos naturalizado.  En otras palabras, son situaciones  o realidades que creemos responden a un cierto orden de la naturaleza y que, por tanto, no podemos cambiar. Hablamos de las desigualdades de género, desigualdades territoriales y desigualdades políticas, por nombrar algunas.

Hacerse consciente de las desigualdades puede ser violento, por ejemplo, cuando una mujer se da cuenta de que a pesar de las transformaciones culturales sigue cayendo sobre sus hombros la responsabilidad por sus hijos y su casa, además de la exigencia de aportar o ser el sustento del hogar.

Cuando una mujer trabaja debe además asumir la responsabilidad de mantener limpia la casa, apoyar a los niños en las tareas del colegio, limpiarlos, vestirlos, cocinar y alimentarlos.  La mayoría de las mujeres asume estas labores sin darse cuenta del enorme peso que se lleva y de la injusticia que significa no compartir equitativamente estas labores con su compañero, que sólo por el hecho de ser hombre ha sido liberado de esas responsabilidades.  Hacernos conscientes de esta desigualdad duele.

Algo similar ocurre cuando los habitantes de un territorio (de una región, de una comuna o de un barrio) cuando se dan cuenta de la desigualdad que existe entre territorios, por ejemplo, entre zonas urbanas y rurales, entre ciudades metropolitanas y ciudades de provincias, para acceder a los beneficios del desarrollo (educación, servicios, trabajo, salud, entretención, etc.) a pesar del aporte que hacen en recursos naturales y humanos al desarrollo del país. Como cuando un habitante de una localidad del secano de nuestra región, en su mayoría jóvenes o niños, debe migrar de su lugar de origen porque ahí no encuentra oportunidades educacionales ni laborales. O cuando el habitante de un barrio segregado o marginado socialmente ve las diferencias en los espacios públicos y áreas verdes que existen con otros sectores más acomodados de la ciudad.

Estos dos ejemplos de desigualdades también nos hablan de otro tipo de desigualdad: la política, que se relacionan a la diferencia que existe entre distintos grupos para ocupar posiciones de poder en la sociedad que les permitan representar sus problemáticas y sus intereses en los espacios donde se toman las decisiones que nos afectan cotidianamente. El poder se concentra en ciertos territorios del país, en ciertos grupos sociales, etáreos y, como es evidente, en los hombres.

Hacerse consciente de estas desigualdades produce dolor, rabia y frustración. Aunque eso represente un avance, debe ser entendido como el punto de partida y no la culminación de un proceso; debe ser el impulso para transformar esas emociones en acción, e impulsar a otras y  otros que sienten lo mismo y que quieren canalizar su dolor para transformar nuestra sociedad en una sociedad más igualitaria para las nuevas generaciones.