La política, otro bien público mercantilizado

Por Marcelo Gutiérrez Lecaros – Diario El Centro, 20/03/2013

La definición clásica de Democracia (Gobierno del pueblo) dista bastante de los ejercicios cívicos a los cuales somos convocados, entendiendo que gobernar no sólo se reduce al sufragio. Lo grave es que esto pareciera ser un hecho asumido; quizás con un dejo de desesperanza y en los mejores casos con algo de rebeldía. Incluso cuando se dice que vivimos en una sociedad democrática neoliberal no nos parece extraño, a pesar de la contradicción ¿Puede una sociedad gobernada por el pueblo convivir con una ideología que concibe el poder en el área de las minorías privadas que manejan el mercado y no en la dimensión de lo público?

Si bien hemos ido reconociendo la mercantilización de la educación, de los recursos naturales, de los bienes públicos en general, pareciera que mantenemos una disociación entre lo que somos como sociedad de mercado y nuestro sistema político.
Ya en 1944 el historiador y antropólogo Kar Polanyi nos decía que las “sociedades de mercado” se caracterizan por una generalización de la mercantilización y el reforzamiento de las desigualdades. Gustave Massiah, del Foro Social Mundial, agrega que el “fundamentalismo mercantil” produce la mercantilización de la sociedad política con consecuencias tales como el rechazo a los excluidos, a “los sin”: sin vivienda, sin tierra, sin empleo, sin papeles. Y en el ámbito de la política formal a los “sin partido”.

La política mercantilizada se transforma en un bien exclusivo, el poder se ha transformado en mercancía y por lo tanto en un bien privado que proteger. Los votos han llegado a ser moneda de cambio para comprar beneficios comunitarios, más aún para comprar favores y puestos de trabajo en los  peores casos.

En este escenario, en que las leyes del mercado rigen nuestro sistema político, tal como un pequeño productor junto a un gran supermercado, ¿qué posibilidad tiene un ciudadano “de a pie” de emprender una carrera política para acceder al poder formal? En ambos casos la cooptación y la subordinación están a la vuelta de la esquina.

Asimismo, como se consagra el derecho a emprender económicamente se consagra el derecho a la participación política. No obstante, ambos derechos se enfrentan a un contexto de profundas desigualdades; desregulación explícita para los grandes acumuladores (de capital y poder) y regulación implícita para los “micro-emprendedores”, lo que en política se traduciría en una serie de desventajas: menos poder para negociar adhesión, poca capacidad mediática, menos recursos, pero por sobre todo depender de la voluntad política de los conglomerados, aún para medirse en igualdad de condiciones.

Para desnaturalizar la mercantilización de la política debemos partir por entenderla como un bien público, observándola bajo el prisma de la democracia pura sin maquillajes, para así discernir si los discursos son consecuentes.

Dada nuestra subjetividad influenciada por una lógica neoliberal, seguramente esta nueva perspectiva nos parecerá extraña. No obstante, estoy seguro que es una extrañeza que hace mucho sentido,  como cuando vemos las experiencias de empoderamiento comunitario y las nuevas apuestas políticas ciudadanas. Una extrañeza que nos debe invitar a reconocernos como una mayoría excluida, pero con poder para producir cambios reales.