La triste trascendencia del neoliberalismo

Marcelo Gutiérrez Lecaros

En el Siglo XVIII, Adam Smith, quien funda las bases del capitalismo moderno, escribió: “el Egoísmo es inherente al Ser Humano. La vida socioeconómica responde al egoísmo. El bien común se logra por una “mano invisible” que regula (por chorreo) para la mantención de la especie”. Más cercanos en el tiempo, Friedrich Hayek y George Stigler, ambos premios Nobel de economía en 1974 y 1982 respectivamente, se refieren al legado de Smith como “La buena ciencia económica”. Ambos, propulsores de lo que hoy reconocemos en Chile como la economía neoliberal, fueron miembros de la llamada Escuela de Chicago, escuela en la que se formaron los creadores del “ladrillo”; documento que sentó las bases de las políticas económicas de la dictadura militar.

Es sabido que esta “buena ciencia económica”, fundada en las ideas acerca del egoísmo humano y promotora de políticas económicas tendientes a eliminar los controles de precios, desregular los mercados de capital y reducir la influencia del estado en la economía mediante la privatización y la austeridad fiscal, se ha mantenido más allá de la dictadura, a pesar de la social democracia prometida y la instalación de gobiernos predominantemente de izquierda. Algunos efectos de estas políticas se reflejan en situaciones que afectan directamente al ciudadano de a pie y, obvio, no al capitalista; las colusiones para el alza de precios, el alto costo de los servicios básicos, los peajes en las carreteras concesionadas, el negocio de las AFPs y las Isapres y en general la baja calidad de lo público.

Respecto a la continuidad del modelo, Arnold Harberger, otro destacado profesor de Chicago, se refería a Chile como ejemplo de las positivas consecuencias de la llamada renovación (neoliberalización) socialista: “El hecho de que partidos políticos de izquierda finalmente hayan abrazado las lecciones de la buena ciencia económica es una bendición para el mundo”.

Pero el pensamiento neoliberal, que defiende la libre competencia, la acumulación capitalista y la filosofía de alcanzar el sueño de vivir mejor (que los demás), se ha instalado no sólo en la dimensión de las operaciones mercantiles, sino que también -y muy fuertemente- en nuestras subjetividades. Hemos naturalizado la privatización de lo público y la mercantilización de los derechos, así como nos hemos transformado en reproductores del sistema de consumo. La noción de justicia que manejamos está filtrada por la capacidad adquisitiva y la extracción de clase más que por la igualdad social. Nuestras ciudades, nuestras escuelas, la salud y la previsión social alimentan la segregación socioeconómica y la desigualdad. Y el sistema, con los medios de comunicación a su favor, nos va convenciendo de que no estamos en las cúspides del éxito debido a nuestra incompetencia.

La trascendencia del neoliberalismo parece ser un muro infranqueable, sin embargo, si escarbamos un poquito, nos daremos cuenta que se sostiene por especulación; parece ser omnipotente, pero se cae cuando ponemos en frente la sustentabilidad y el bienestar colectivo. Si bien, todos llevamos un neoliberal –instalado a fuerza de propaganda y miedo- que nos conduce al afán de la acumulación y la competencia indolente, estoy seguro que también llevamos un ser colectivo y solidario que contiene una impronta comunitaria y ancestral, mucho más potente, que se despierta a veces para recordarnos que la regulación de nuestras vidas no puede depender únicamente de la “mano invisible” del mercado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *