Las ciudades rurales, patrimonio del Maule

Stefano Micheletti, ONG Surmaule y CEUT – Diario El Centro 23/01/2013

En la percepción tradicional, los límites entre lo rural y lo urbano están claramente identificados, y se basan en la perpetuación de dualidades que aún permanecen en el imaginario colectivo de nuestra sociedad: tradición/modernidad, agricultura/industria, atraso/progreso, etc. Sin embargo, estas categorías ya no dan cuenta de las transformaciones del territorio maulino, y la creciente complejización de los espacios locales ha dado vida a situaciones de borde – un tercer sector, como le llaman algunos – por la penetración de lo urbano en diversos espacios rurales, y por la persistencia de prácticas de matriz rural en zonas urbanas.

Este último fenómeno se puede visualizar claramente en muchas ciudades de la Región, urbes de diferente tamaño que se consolidaron alrededor de la migración campo-ciudad en las últimas décadas, o que se construyeron directamente sobre antiguos fundos (como el caso del barrio Santa Ana de Talca), conservando algunos tipos de relaciones características de las sociedades rurales. Conviven entonces allí dos almas: un impulso importante hacia una modernidad “metropolitana”, y la necesidad de conservar raíces e identidad propia.

Lamentablemente, las formas actuales de construir ciudad que se promueven desde el mercado inmobiliario y varias políticas públicas – el impulso metropolitano – potencian una forma de habitar el territorio a escala individual. De hecho, si en origen las ciudades se construyeron para protegerse de los peligros que estaban afuera (y por ello se edificaron protegidas por murallas y grandes zanjas), hoy día pareciera en realidad que el enemigo esté adentro: cada propiedad se equipa con altas panderetas y rejas en todas las ventanas, y los nuevos edificios parecen bunkers fortificados, custodiados por guardias que no dejan pasar a nadie que no tenga rostro conocido o que cuente con la venia de algún residente. Parece natural entonces, la importancia cada vez mayor que se le otorga al tema de la seguridad ciudadana, la construcción de nuevas poblaciones de viviendas sociales marginadas en la periferia, las casas con cámaras de televigilancia en los guetos de la “clase alta”, donde además comienzan a aparecer las figuras amenazadoras de leones y gárgolas de mármol. En la ciudad-metrópolis los espacios de encuentro tienden a reducirse cada día más a la extra-territorialidad de los no-lugares, como los malls.

Pero por otro lado, permanece vivo un estilo de vida tradicional, que se expresa fundamentalmente en los barrios fundacionales, los que conforman los centros históricos de nuestras ciudades maulinas. Sectores caracterizados por las construcciones con fachada continua, sin rejas: casas que se incorporan a la calle, veredas que entran directamente al hogar, sin barreras. Es la negación del estado de emergencia permanente en el que se sumerge la ciudad-metrópolis.

A la vez, la resistencia de lo rural en lo urbano se expresa en lo productivo, a través de algunas prácticas que se definen “de rebusque”: actividades que se mimetizan en lo urbano y que “ruralizan” la ciudad rehusando saberes, lenguajes y destrezas características del campo, tales como la extracción de arena, la venta ambulante de frutas y verduras y la recolección informal de residuos en carros tirados por caballos.

Pues bien, existen probablemente en el Maule espacios en disputa, en transformación permanente, o cuya esencia es simplemente esta ambigüedad urbana y rural. Lo importante, en este caso, es entender que nuestras ciudades rurales representan un patrimonio que es necesario proteger y reproducir en la construcción de ciudad. La ruralidad del Maule – nuestra ruralidad – se expresa así en los lugares menos pensados, en los centros urbanos; y muy probablemente es esta porfía, esta resistencia que hace de nuestras ciudades lugares mejores para vivir.