Lo pulcro y lo vivo

Francisco Letelier Troncoso – Diario El Centro, 13/01/2016

A veces me parece que entre la casa y el supermercado lo que hay es solo un espacio que sirve para ser recorrido. La vida está puertas adentro, con los propios. Luego te subes al auto o tomas el colectivo, te bajas y entras al super: allí comienza nuevamente la vida, en un espacio limpio, agradable, seguro, como la propia casa, o mejor. En invierno es cálido, en verano freso. Las personas que trabajan parecen felices, disfrutan de su trabajo. Nadie podría imaginar que tienen problemas con sus hijos, con sus cuentas, con sus vidas. En fin, entrar al supermercado es introducirse en un mundo casi perfecto.

Al contrario del supermercado, la calle, el barrio, la feria, son espacios difíciles. No siempre están limpios, no siempre son agradables. En verano hace calor y en invierno frío. Hay ruidos, diversos: gritos, perros, gatos, vendedores. Nadie está ahí con una cara sonriente esperando para pesar tu pan. A veces el vendedor del almacén está de mal humor o la casera ha tenido una discusión con su novio y está triste. A veces un amigo te grita de una esquina a otra para saludarte. Estos son espacios donde la vida no se disimula: las cosas son lo que son. No hay un equipo pensando todo el día cómo seducirte mejor para vender más, solo es gente que vive su vida.

En el supermercado no solo pagamos por los productos, pagamos por el confort (comodidad), por una atención estándar, por la sensación de seguridad, por lo “acogedores” que son con nuestros niños. Es una especie de impuesto por 30 minutos de bienestar, pero finalmente es una ilusión. Mientras más crece el supermercado, más se empobrece la ciudad. Mientras más lleno el supermercado, más vacía el barrio y la feria. Porque el supermercado es una ilusión creada por el mercado, mientras que nuestros almacenes y nuestras ferias son espacios creados por nosotros mismos, su imperfección es producto de ser obra humana.

Comprar menos en supermercados es parte permanente de mis intenciones, hago el esfuerzo. Cuando me enteré que la campaña “Domingo sin supermercados” tuvo cierto éxito me sentí bien. Tenemos la capacidad de dominar nuestra pulsión a comprar, al menos en cierta medida. Tenemos la capacidad de introducir racionalidad a nuestra acción. Pensemos que solo en Talca cada año las familias tienen cerca de 800 millones de dólares para consumir y pagar sus cuentas. Si logramos que una mayor proporción de esos recursos se gasten en comercio y servicio de la ciudad, estaremos logrando lo que los teóricos llaman “apropiación local del excedente”, uno de los componentes esenciales del desarrollo endógeno.

Yo voy al supermercado, lo reconozco, y a veces me gusta. Pero cada vez que puedo compro en el almacén y en la feria. Me encanta la feria de las pulgas, por ejemplo, disfruto ver a la gente conversar, reírse, cantar. Allí me siento parte de algo. En el super me siento bien, pero solo.

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