MIGRACIÓN EN CHILE; LA VÍA DE LA INTERCULTURALIDAD PARA EL EJERCICIO DE DERECHOS

Artículo de opinión por Marcelo Gutiérrez Lecaros[1]

Fotografías de Claudia Pérez y Matías Larenas

El Artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, establece que “Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”, señala además que “Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país”. No obstante, en contradicción con estos principios fundamentales, podemos constatar en la realidad que las fronteras de los países son selectivas y que la burocracia opera como un cedazo que regula, entorpece y hasta impide el derecho humano a migrar. La triste sospecha es que en nombre de la defensa de las soberanías, la obstaculización, no sólo referente a la entrada, sino también al tránsito y la permanencia, podría tener a la base sentimientos xenófobos, racistas, discriminatorios y ultra nacionalistas. Estos sentimientos, tienden a germinar con fuerza sobre contextos económicos y culturales más individualistas y competitivos.

A pesar de que no hay datos cuantitativos oficiales recientes, no cabe duda que en Chile la inmigración ha aumentado. Según la encuesta CASEN del 2015, los inmigrantes residentes se estimaron en 465.000, en comparación con los  154.000 extranjeros residentes que arrojó la misma encuesta el año 2006. En diez años el crecimiento de la población migrante ha sido significativo y según datos del departamento de extranjería y migración, basados en la tramitación de visas, el número sigue en aumento.

Si bien los números muestran que Chile en los últimos años ha comenzado a ser un destino atractivo para quienes emigran, los porcentajes siguen siendo bajos respecto a otros países; por ejemplo, entre los países de la OECD el promedio de población migrante es de 12,7%, siendo Canadá el país que alcanza el mayor porcentaje con un  19,8%, mientras Chile llega apenas al 2,7%.

Lo anterior nos demuestra que el caso chileno se encuentra aún en una fase inicial respecto al fenómeno migratorio. Pero, los medios de comunicación están hablando del tema, los servicios públicos nombran delegados y la comunidad nacional se ha comenzado a manifestar; desde la preocupación, desde la solidaridad asistencial y también desde la extrañeza. Hoy, claramente, el tema de la migración despierta interés (o inquietud) en la academia, en el mundo público, en el sector empresarial y en la sociedad civil. Cabe preguntarse entonces, ¿qué motiva esta efervescencia? y, cuando los porcentajes aumenten, ¿cómo enfrentaremos la integración desde una convivencia positiva?

A modo de ejemplo, la región de Antofagasta, que supera el promedio nacional con  un 4,6% de población migrante (según el departamento de extranjería y migración, 2014), ya ha comenzado a ser escenario de serios conflictos de convivencia e integración, despertando movimientos xenófobos y nacionalistas que a la fecha se encontraban solapados.

[1] Fundador y Presidente de ONG Surmaule. Licenciado en Psicología de la Universidad de Chile, Magíster © en Psicología Social de la UTAL. Diplomado en Ecología Social y Ecología Política de la USACH. Coordinador del Proyecto “Promoción de la inclusión social de la comunidad inmigrante en la Región del Maule”, Fondo Chile de Todas y Todos del MIDESO, desarrollado por ONG Surmaule; Talca 2017.

 

La legislación migratoria en Chile

Desde el punto de vista legislativo, hay que tener en cuenta que tal como la Constitución política del Estado, el código de aguas y el código del trabajo, la actual legislación migratoria fue redactada en plena dictadura. Esta tiene como base Ley de Extranjería (Decreto de Ley Nº1094 de 1975).

Si bien, de acuerdo a tratados internacionales suscritos por Chile, desde su redacción hasta ahora se han incorporado disposiciones relacionadas con la nacionalidad, el tráfico ilícito de migrantes, la trata de personas y la protección de refugiados, la ley de Extranjería del 75 sigue vigente.

De acuerdo al momento histórico en que la ley se promulga, es fácil darse cuenta que esta no se sustenta en la perspectiva de derechos, sino en la ideología de la seguridad nacional, la cual termina operando desde un criterio básico a todas luces prejuicioso y discriminatorio; todos los extranjeros (unos más que otros, dependiendo el país de origen) pueden representar una amenaza para la nación. Es así como desde esta legislación migratoria, nos encontramos con prohibiciones de ingreso por motivos políticos y sanitarios, rechazo de entrada a quienes puedan constituir una carga social e incluso aplicación de multas a niñas, niños y adolescentes por encontrarse en situación irregular al seguir el proyecto migratorio de sus padres.

Si bien, el ejecutivo ha emitido instructivos para ir igualando derechos y está desarrollando propuestas para modificar esta anacrónica ley, integrando mejoras respecto al trabajo migratorio y las condiciones de entrada y salida del país, parece ser que aún estamos lejos de una legislación migratoria que en sus fundamentos profundos asegure una integración multidimensional de la población migrante, en cuanto a salud, previsión, educación, vivienda y participación ciudadana, entre otros aspectos, como lo han estipulado las principales instancias internacionales de protección de los derechos humanos.

Mientras esperamos por una nueva ley migratoria, se debe avanzar en políticas públicas de acogida que tiendan a la articulación sectorial en el tema de migración. Resulta fundamental abrir espacios de formación y sensibilización para funcionarios públicos, que favorezcan la actuación informada de las personas delegadas para el tema y por sobre todo la aplicación criteriosa de las normativas.

Lo que se ve en la sociedad civil

Por su parte, a la sociedad civil también se le presentan desafíos complejos en este nuevo contexto de convivencia. La encuesta CADEM (Consultora Cadem-Plaza Pública) muestra que el 75% de las personas encuestadas cree que Chile debe poner restricciones a la inmigración, frente a un 24% que cree en políticas de “puertas abiertas”. Un 66% de las personas admite que los chilenos son discriminadores, así también un 41% dice que la llegada de migrantes es positiva, versus un 45% que considera que la inmigración no es buena.

Otro sondeo, realizado por el Centro de Estudios Públicos en el año 2016, arroja que el 40% de las personas encuestadas cree que los extranjeros les quitan el trabajo a quienes han nacido en Chile, y un 41% dijo creer que los inmigrantes elevan las tasas de criminalidad.

Sin duda, hay inquietud. En nuestro país, por un lado, se pueden visualizar acciones de solidaridad, principalmente con la comunidad haitiana que parece estar en las condiciones humanitarias más críticas. Pero por otro lado, se pueden constatar con tristeza los abusos cometidos hacia los inmigrantes por parte de empleadores y arrendadores de casas colectivas, entre otros. Si bien, aún no hay una tendencia marcada hacia la agresión física xenofóbica, en el relato de muchos extranjeros se deja entrever la violencia institucional y económica, las actitudes discriminatorias y las desconfianzas infundadas que viven las personas inmigrantes en su esfuerzo diario por integrarse a la vida social y económica del país.

Aquí los medios de comunicación juegan un rol clave. Lamentablemente, revisando la prensa nos podemos dar cuenta que las crónicas rojas adquieren otro tinte cuando hay un inmigrante involucrado. La noticia termina centrándose en la condición de extranjero de quien participa en los hechos (sea víctima o victimario), lo que termina  comunicando, a través de hechos aislados, que en la generalidad existe una  relación directa entre inmigración y criminalidad.

Es así como desde la sociedad civil debemos desafiarnos con la deconstrucción de creencias prejuiciosas y discriminatorias. Campañas de sensibilización, escuelas ciudadanas y sobre todo actividades de encuentro, pueden ir permitiendo promover relaciones que no se centren en la nacionalidad, sino que en experiencias comunes que nos conecten con la humanidad de un otro distinto.

Los peligros del pensamiento neoliberal para la integración positiva

Si hablamos del contexto chileno, no podemos dejar de referirnos a la matriz económica y política sobre la cual se funda el tipo de sociedad que hoy tenemos. Es bien sabido que en Chile tenemos una economía capitalista con un modelo de desarrollo de corte neoliberal, el que se instala en dictadura y responde a los nunca acabados procesos colonizadores de los países del norte global.

Desde el fenómeno de la migración, para entender cómo sigue operando esta colonización en nuestra subjetividad, podemos observar que la reciente “ola migratoria” en Chile es esencialmente latinoamericana, a diferencia de las inmigraciones históricas que procedían en su gran mayoría desde Europa. Anecdóticamente se tiende a decir  que el que viene desde Europa o Norte América es “extranjero” o “turista”, mientras que el que viene de otro país latinoamericano es “inmigrante”. Lo delicado es que en esta diferenciación lingüística se asoman actitudes racistas y de prejuicio que pueden ser peligrosas para el aumento explosivo de la inmigración latina. Al parecer, nuestra sociedad históricamente se ha sentido más cómoda con el fenotipo caucásico que con el mestizo indo latino o el afro descendiente. De hecho, el pensamiento aspiracional promovido por la cultura neoliberal, nos ha instado a seguir los patrones de éxito y el estilo de vida del habitante del primer mundo –poderoso y “moderno”-  y a diferenciarnos de la imagen del latinoamericano sometido y sub desarrollado.

Lo anterior es clave para darnos cuenta de los peligros que acarrea el pensamiento neoliberal para los procesos de integración intercultural. Basta ver los lamentables acontecimientos de Charlottesville en EEUU (principal exportador del capitalismo) y el rebrote de manifestaciones racistas públicas en pro de la “supremacía blanca”, en el año 2017, en un país que se dice desarrollado.

En el mundo globalizado nos dirigimos hacia una mayor mixtura étnica, la multiculturalidad es una tendencia insoslayable. Pero, ¿cómo lograr una convivencia armónica y virtuosa en estas nuevas sociedades, tan heterogéneas y llenas de matices?,  es el desafío que debemos plantearnos si creemos en una integración justa, solidaria, sin supremacías y basada en derechos. Aquí aparece el enfoque de la interculturalidad, superando la sola presencia multicultural y como antítesis del individualismo y la competencia, valores tan afines al capitalismo neoliberal.

La interculturalidad como modelo de integración

La interculturalidad implica una interacción virtuosa entre las distintas culturas que habitan un territorio, proponiendo que esta coexistencia es sinónimo de riqueza e intercambio horizontal. Tiene el objetivo de construir una sociedad más acogedora, equitativa y respetuosa de la diversidad. Desde aquí, podemos apreciar que la población migrante llega con una serie de costumbres, visiones y elementos artístico-culturales que pueden nutrir y potenciar la sociedad que los acoge.

Una de las formas de actuar como sociedad intercultural es abrir espacios de reflexión y deliberación ciudadana, en donde todas y todos puedan aportar desde sus vivencias y necesidades al diseño e implementación de políticas públicas. Este ejercicio de profundización democrática puede ser más valioso aún si dejamos de ver a la comunidad migrante sólo como población vulnerable, y  empezamos a considerar al inmigrante como sujeto de derechos y deberes; como ciudadana y ciudadano de facto. Esto último, viene a romper una noción de ciudadanía que desde la actual legislación es más excluyente que integradora, ya que el estatus de ciudadano es asignado selectivamente. Así también esta mirada del migrante como ciudadano de facto, vendría a proporcionar adecuadas medidas para el reconocimiento de los derechos fundamentales.

Los nuevos paradigmas hablan de movilidad humana y consideran la necesidad de que los Estados tengan en cuenta la tridimensionalidad del proceso migratorio: Origen, Tránsito y Destino, generando políticas públicas que resguarden el ejercicio de derechos en estas tres dimensiones. Para seguir este camino, tanto las acciones emanadas desde la sociedad civil como las propuestas desde el mundo público, deberían orientarse a disminuir las brechas de garantía de derechos humanos que existen entre el habitante nacional y el inmigrante.

Dadas las características del tipo de inmigración en Chile y el contexto socio político, podríamos aprovechar la oportunidad para poner en tensión y cuestionar las estructuras económicas y políticas que se han instalado históricamente desde la oligarquía global, y por sobre todo, los modelos de éxito social basados en el individualismo, la acumulación y la competencia, propios del capitalismo y que tan mal le hacen a los procesos de integración. Podríamos aprovechar de desafiarnos con un abordaje del tema migratorio que se base en la confraternidad latinoamericana y en la remineralización de formas ancestrales de convivencia solidaria. En definitiva, resistirnos al influjo neoliberal y a la hegemonía del norte global, para avanzar hacia una sociedad sin supremacías; una Latinoamérica intercultural y descolonizada.

CUADROS EXPLICATIVOS COMPLEMENTARIOS

Migración

La Migración es el traslado o desplazamiento de la población de una región a otra o de un país a otro, con el consiguiente cambio de residencia; dicho movimiento constituye un fenómeno geográfico de relevante importancia en el mundo.

Los migrantes son llamados inmigrantes por los ciudadanos residentes del país o región que los acoge, y emigrantes por los naturales del país que se abandona; todo migrante es inmigrante y emigrante a la vez.

Hoy se habla más asertivamente de movilidad humana.

Cifras en la Región de Maule

La región del Maule  no es la excepción a la tendencia nacional sobre el aumento significativo de la población inmigrante. Según el anuario de migración del Ministerio del interior, entre el 2005 y el 2014 la población migrante en el Maule aumentó en un 48%, llegando a una cantidad aproximada de 5000 personas, lo que representa el 0,5% de la población regional y el 1,2% respecto del total nacional.

Interculturalidad

Mientras la Multiculturalidad sólo describe la presencia varias culturas en un mismo territorio, pudiendo incluso alguna de ellas tener supremacía. El concepto de interculturalidad apunta a describir la interacción entre dos o más culturas de un modo horizontal y sinérgico. Esto supone que ninguno de los conjuntos se encuentra por encima de otro, una condición que favorece la integración y la convivencia armónica de todos los individuos.

Cabe resaltar que este tipo de relaciones interculturales supone el respeto hacia la diversidad; aunque es inevitable el desarrollo de conflictos, éstos se resuelven a través del respeto, el diálogo y la concertación, primando siempre la horizontalidad de las relaciones entre culturas.

 

MITOS Y REALIDADES

MITOS REALIDADES
Chile está lleno de inmigrantes En Chile el Porcentaje de inmigrantes no supera el 3% de la población, muy por debajo del promedio de los países de la OECD de un 12,7%
Por las buenas condiciones del país, son más los que llegan que los que se van Hay cerca de 900 mil chilenos viviendo en otros países por distintos motivos. Por cada inmigrante en Chile, hay 2 chilenos en el extranjero
Los inmigrantes son ilegales porque no tienen papeles Nos es delito no tener los documentos al día. No hay migrantes “Ilegales”, si no tienen documentos al día están en situación “Irregular”.

La mayoría de los migrantes en Chile están regularizados, y los que no es porque sus empleadores no les han emitido un contrato de trabajo.

Migrar no es un delito

Los inmigrantes en Chile tienen poca preparación académica El promedio de escolaridad de la población inmigrante en Chile es de 12 años, mientras que el promedio de los chilenos es de 10 años
Los inmigrantes no pagan impuestos y todo el dinero lo envían a sus países Los inmigrantes regularizados cotizan y cuando compran pagan IVA como todos. Pagan impuestos y altos costos por cada remesa de dinero que envían a sus países de origen. Su consumo dinamiza la economía y tienen gran capacidad de ahorro
Los migrantes nos vienen a quitar el trabajo El inmigrante tiende a tomar trabajos que son rechazados por el trabajador nacional
Los inmigrantes “Irregulares” no tienen derechos, por lo que no pueden quejarse La nacionalidad no es la base de los derechos, su fundamento es la condición de ser humano.

Los inmigrantes tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones que cualquier persona.

Toda persona tiene derecho a una vida digna y puede exigir seguridad, respeto y defensa contra los abusos.

(Fuente: Jorge Sagastume, Oficina Internacional para las Migraciones)

 

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