Mujeres y Poder: llueve sobre mojado

Catherina Olivares Arias – Diario El Centro, 19/11/2014

Desde 1999, el 25 de noviembre se reconoce como el Día internacional para la eliminación de la violencia contra las mujeres. Por décadas, organismos internacionales han tratado de visibilizar la problemática como un hecho que afecta a la sociedad y no es solamente una situación privada.  De acuerdo a la definición de ONU, la violencia contra la mujer consiste en “todo acto de violencia que resulte o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o psicológico para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o privación arbitraria de la libertad, tanto si se produce en la vía pública como en la privada”.

Y esta misma organización describe el fenómeno como una pandemia que afecta al menos al 50% de la población mundial, calculando que el 70% de las mujeres ha sido o será víctima de violencia alguna vez en su vida.  Y esto referido solo a los casos de violencia física, sexual o psicológica extremas.

El hecho de nacer mujer es por sí solo un factor de riesgo de enfrentar violencia, especialmente si se combina con pertenecer a una minoría, o ser pobre, lo que lleva necesariamente a la dependencia económica y como consecuencia, a la desigualdad de poder. Las raíces históricas de las relaciones de poder entre hombres y mujeres han profundizado la desigualdad y la discriminación.
Pero existe además otra forma de violencia que es estructural, y que se produce desde el momento en que las mujeres fueron vistas como un objeto de la propiedad de otro.  Desde esta concepción, los derechos que se vulnerados se refieren también a la libertad de las mujeres por lograr objetivos de desarrollo personal o social y público, pues se restringe su rol a la procreación, la maternidad y posteriormente a las labores domésticas.
En nuestros días, encontramos otro tipo de violencia en el ámbito laboral.  Existe el acoso laboral con intención de género, en mujeres que se ven obligadas a posponer su maternidad por la imposibilidad de combinar el trabajo con las tareas propias de ser madre, donde se privilegia y se beneficia a quienes deciden no tener hijos y se castiga a quienes deciden serlo, con la relegación a tareas de menor interés o posibilidad de crecimiento, por considerarlas con menor capacidad de trabajo. Y lo que pareciera ser una forma de alivianar la exigencia a madres con hijos pequeños, termina siendo una sentencia de la eventual desvinculación.

Asimismo, la estructura social y económica actual, nos muestra otros tipos de violencia, como el estudio del diario Economía y Negocios, que indica que en Chile, la pensión de las mujeres es un 34% inferior a las de los hombres: mientras las mujeres reciben, en promedio 113.000 pesos al pensionarse a los 60 años, los hombres reciben 173.000 pesos al pensionarse a los 65 años.  Esta diferencia histórica entre los ingresos, se debe a que los hombres ganarían un 20% más que las mujeres, y que el 87,8% de las mujeres gana menos de 621.000 pesos al mes.

Resumiendo, ser mujer implica enfrentar violencia desde el momento de nacer hasta la vejez. Si queremos erradicarla, no lo lograremos mientras permanezcamos ciegos ante las cifras y efectos de la inequidad del poder. Somos cómplices de esta violencia solapada y aportamos a aumentar la violencia de género cuando permitimos que la situación de desigualdad continúe y se perpetúe, y si a pesar de conocer las cifras, seguimos sin hacer ni decir nada.