PARA DEJAR ATRÁS LOS DISCURSOS ESENCIALISTAS DE LA RURALIDAD

Por Elvira Valdivieso

En el marco de los 50 años de la promulgación de la Ley de Reforma Agraria y debido al interés por conmemorar este aniversario y entender lo que realmente significó para la sociedad y para el mundo campesino, me permito hacer una reflexión respecto a procesos de valorización del patrimonio del mundo rural y a la mirada habitual que está detrás de ellos.

Muchas experiencias de recuperación de memoria y valoración del patrimonio etnográfico de comunidades, nos permiten observar la manera en que la memoria y la activación de repertorios patrimoniales se vinculan con ciertas versiones del pasado. Estas versiones muchas veces tienden a ser esencialistas e impiden mirar el pasado de manera crítica (Prat, 1997).  En muchos casos se tiende a vincular la memoria con un pasado nostálgico e idealizado y el patrimonio con una mirada estática y esencialista del folclor o de la cultura popular (García, 1998), circunscribiendo el patrimonio y la cultura a un pueblo o comunidad como si se encontraran aislados de otras comunidades y de procesos sociales, históricos y políticos más globales.  Elaborados de esta manera, estos procesos pierden su capacidad para interpelar el presente y proyectar el futuro y poner a las comunidades como actores sociales relevantes que cuestionen las versiones de identidad y del pasado que se resaltan.

Especialmente en el ámbito rural este problema es muy importante y lo es más cuando aún persiste, al menos en nuestra región, un paradigma que tiende a entender el mundo rural como el resabio de un pasado idealizado (carente de conflictos, desigualdades, violencias), por lo tanto, estático, atrasado y sin proyecto de futuro, y al campesinado como un sujeto social sin actoría, sin capacidad y poder para construir un relato propio o un discurso crítico de su identidad, de su pasado, su presente y futuro.

Del mundo rural se valora principalmente sus manifestaciones folclóricas -costumbres, tradiciones y conocimientos populares.  El problema surge cuando se entiende el folclore como la expresión del alma de la nación, por lo tanto, último resabio de la forma original de una sociedad en peligro de desaparecer. El riesgo que esta mirada conlleva es que tiende a vincularse a ciertas versiones del pasado y discursos esencializados y homogeneizantes respecto a la sociedad, dejando de lado sus transformaciones, las tensiones y conflictos que encuentran cotidianamente en la posición relegada que ocupan en la sociedad.

Este discurso muchas veces es asumido por las propias comunidades quienes legitiman esas representaciones y en base a ellas construyen identidades devaluadas. Hay incluso comunidades que, liderando procesos de valoración de su patrimonio cultural, su historia y sus formas de vida, tienden a reproducir las representaciones que desde afuera, muchas veces desde los agentes e instituciones estatales, se les atribuye.

En el ámbito del patrimonio cultural, desde el quehacer de las ciencias sociales, de la sociedad civil y del estado, es indispensable que se promuevan procesos de valoración del patrimonio de los territorios rurales -dejando atrás los discursos que esencializan y homogenizan su cultura- que reconozcan su diversidad cultural, los conflictos del pasado y las tensiones que viven en la actualidad.   Sólo a partir de este reconocimiento se podrán promover procesos de desarrollo integral y actoría social y política en sus comunidades, para producir, de esta forma, proyectos de futuro.

 

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