PARTICIPACIÓN CIUDADANA, UN DERECHO EN CONQUISTA PARA LA CONSTRUCCIÓN DE UNA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA

A partir del estallido social en 2019, Chile enfrenta el desafío histórico de recuperar el protagonismo ciudadano para transformar el presente y el futuro, revirtiendo los errores del pasado. Al poner en cuestionamiento a las instituciones y en tela de juicio la forma en que se toman las decisiones que nos afectan a todxs, se abrieron también los debates en torno al tipo de participación, el tipo de ciudadanxs y las acciones que es necesario realizar, para convertirnos en una sociedad democrática, moderna, plural, con amplia participación y basada en el respeto irrestricto de los derechos de todas las personas.

El fuerte eco de la voz ciudadana, reactivó la fuerza y convicción de muchos actores, antiguos y emergentes, que abrieron nuevos temas, destacando la importancia del debate político para confrontar prácticas desgastadas y discursos poco asertivos que en numerosas ocasiones detonaron la indignación de amplios grupos sociales. El justo reclamo a disentir, nos permitió recordar que la participación es un derecho, que invita a ser parte de la comunidad nacional y a tomar parte en las decisiones sobre temas de interés colectivo. Y como todo derecho conquistado, generalmente a partir de un conflicto, trae consigo la oportunidad de cambiar el orden de las cosas, por algo mejor para todxs. En este panorama, hemos visto con emoción, el surgimiento de nuevas y poderosas voces, que lograron acallar las monótonas letanías de un sistema social y político obsoleto, centrado en visiones de un Chile que no es real.

Al reflexionar en torno a la participación ciudadana, recordamos que hace poco más de 10 años, se invirtió mucha energía y recursos en la implementación de complejos y costosos mecanismos, instancias, espacios, estrategias y acciones con el fin de lograr un “gobierno ciudadano”, que pretendía revertir los efectos de la dictadura sobre una amedrentada sociedad civil, y revitalizar así la participación ciudadana. El discurso buscaba acercar a lxs ciudadanxs a la política, a formar parte de la toma de decisiones aportando ideas y soluciones que dotaran de mayor “realidad” a las políticas públicas y en consecuencia, asegurar el buen uso de los recursos. En pequeños reductos para entrega de información a las comunidades y organizaciones sociales, con escasa o nula posibilidades de incidencia, se pretendía satisfacer el derecho de las personas a participar.

En el camino, fuimos testigos del ocaso del discurso, constatando que los privilegios se naturalizaban y que era cada vez más frecuente encontrar casos de corrupción, discriminación, violencia, doble estándar, ciudadanos de primera y segunda categoría convenciéndonos de que ese orden de cosas era inamovible. Pero desde aquellos tiempos, fuimos aprendiendo también, que la participación ciudadana es más que una acción específica, como la asistencia a un taller, a una actividad recreativa o una declaración de buenas intenciones, sino una actitud permanente, una voluntad, un deber, fundada en un derecho consagrado por ley. Desde esa constatación, se hizo evidente que otro tipo de participación era necesaria.

Pese a lo anterior, cuando pensamos en las miles de personas que se quedan en sus casas en días de elecciones, marginándose de su derecho a elegir, las explicaciones pueden deberse a factores como desinterés, apatía, desconfianza, o simplemente, desesperanza. Porque las personas confiamos en lo que la experiencia nos muestra. No confiamos solo en un discurso conmovedor, confiamos en lo que vemos, en lo que se concreta, en lo que vivimos. Esto mismo aplica al ejercicio de la participación, no la creemos hasta que se hace real: cuando experimentamos los efectos concretos de nuestra participación, renovamos la esperanza de transformar nuestra realidad. Y es en la infancia y juventud, donde suelen suceder las experiencias más relevantes a la hora de modelar nuestra forma de pensar y de actuar. Lo que aprendemos en la familia, en la comunidad, en la escuela y la universidad (para quienes tienen esa posibilidad) configuran nuestro lugar en el mundo.

Comprendemos qué significa ser ciudadano de acuerdo a las experiencias vividas en diversos espacios cotidianos. Ser ciudadano, implica sentirse parte activa de una comunidad política y un buen ciudadano será quien contribuya al bien común. Para muchos, la formación ciudadana es crucial para estimular el compromiso y consolidar la responsabilidad que viene aparejada al derecho ciudadano de participar. Para lograrlo, se requiere no sólo incorporar teóricamente los valores, sino poner en ejercicio una participación activa y permanente como base para la construcción de una sociedad democrática. Quienes no se relacionan con experiencias de participación desde temprana edad, suelen estar menos motivados a nuevas experiencias de participación, probablemente por la desesperanza aprendida sobre la imposibilidad de hacer cambios dentro en la propia realidad. Esta marginación del ejercicio y el derecho a participar, influye fuertemente sobre los factores que reproducen las desigualdades sociales, dando como resultado, la exclusión de amplios grupos humanos que pierden su oportunidad de participar en decisiones relevantes y en la identificación de acciones para romper con la desigualdad.

En la actualidad, tenemos la oportunidad de construir una sociedad democrática y ampliamente participativa, que nos exige avanzar en la disminución de las desigualdades, la consolidación de valores mínimos imprescindibles (Cortina, A. 1997) como equidad, solidaridad, respeto y diálogo. Debemos buscar las mejores condiciones para lograr una mirada colectiva, y para ello es necesario formar ciudadanos “excelentes”, capaces de superarse a sí mismos, poniendo sus virtudes al servicio de la comunidad, encarnando los valores de la sociedad y haciéndolos efectivos a través del respeto por la dignidad humana, que es de un valor incalculable (Cortina, 1999). Pero la formación ciudadana no es adoctrinamiento que busca transformar a lxs ciudadanxs en personas dóciles y manejables que no hacen preguntas y no causan problemas, sino por el contrario, debe potenciar sus capacidades para pensar por sí mismos, incorporar nuevas formas de comprender la vida y decidir con autonomía para construir las bases para el mejor mundo posible. Así, la formación ciudadana, debe ser concebida como un proceso vital, transversal y permanente en que las personas ejercen a su derecho a tomar decisiones y definen el rol que quieren desempeñar, asumiendo las responsabilidades y los efectos de tales decisiones.

La filósofa española Adela Cortina (1999), mencionaba que la ciudadanía política consiste en sentirse parte de una comunidad en que el ciudadano pueda participar desde el comienzo, donde el ejercicio de la ciudadanía es crucial para la madurez moral del individuo, porque le ayuda a considerar seriamente el bien común, alimentando el altruismo y permitiéndole suavizar los conflictos entre ciudadanos al aportar al desarrollo de la conciliación de tales intereses en conflicto. De allí, concluye que formar buenos ciudadanos es una tarea ineludible. De acuerdo a sus planteamientos, un buen ciudadanx, será aquel que en una comunidad política goza no sólo de derechos civiles (libertades individuales), en los que insisten las tradiciones liberales, no sólo de derechos políticos (participación política), en los que insisten los republicanos, sino también los derechos sociales (trabajo, educación, vivienda, salud, prestaciones sociales en tiempos de especial vulnerabilidad), y será necesario impulsar desde la enseñanza primaria, a prepararse progresivamente para tomar decisiones relevantes en la vida adulta, acortando la distancia entre niños y adultos, tomando en consideración que vivimos en un mismo mundo y que es necesario prepararse para enfrentar las situaciones cotidianas de la vida (Cortina, 1999).

De esta manera, asumir el derecho y la responsabilidad de participar, implica que las personas nos incorporemos a las organizaciones de nuestras comunidades y a través del despliegue de nuestros mejores esfuerzos, nos comprometamos por apoyar a la formación de ciudadanxs pensantes, activxs, creativxs, responsables y motivados a cambiar el mundo, a través de acciones cotidianas que encarnen los valores fundamentales de una sociedad democrática, para dejarlo mejor de cómo lo encontramos, tarea difícil, pero a la luz de los acontecimientos, no imposible.

Julio 2021

Referencias

– Cortina, A. (1997) Ciudadanos del mundo. Hacia una teoría de la ciudadanía. Alianza Editorial, Madrid. Cortina, A. (1999) El quehacer ético. Guía para la educación moral. Parte 2, Un modelo de educación moral. Aula XXI, Santillana.